Su toque fue delicado pero firme, capturando el dramatismo operístico del segundo movimiento (Larghetto) con una sensibilidad sobrecogedora. La forma en que interpretó los recitativos se sintió como una conversación íntima con el público. Noseda y la LSO proporcionaron un fondo sonoro exuberante que complementó a la perfección la técnica cristalina de Cho. Como bis, su interpretación del Vals Op. 70 n.° 2 de Chopin fue una clase magistral de rubato, melancólica, elegante y profundamente conmovedora. Fue uno de esos raros momentos en que toda la sala pareció contener la respiración al unísono.